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    La semana pasada fui a una jornada para la actualización del certificado de manipulación de alimentos. Muchos sabréis que los comedores públicos están afectados por una normativa que controla Sanidad, con la finalidad de que los servicios y productos que ofrecemos estén en condiciones óptimas de seguridad y calidad. Así pues, la Administración realiza inspecciones, de forma periódica para asegurar que se cumpla esta ley y que los consumidores estén protegidos. Entre las normativas que tenemos que cumplir, está la de la implantación de un Sistema de Análisis de Peligros y Puntos Críticos de Control (APPCC). Este sistema permite identificar y estimar los riesgos que pueden afectar a la higiene, manipulación y elaboración de un alimento, a fin de controlarlos.

   En la escuela, debemos cumplir esta ley, realizar el plan de formación de los trabajadores, implantar un plan de limpieza, desinfección, desinsectación, desratización y otro plan de mantenimiento de equipos e instalaciones. Bueno, no me extiendo más en este apartado, pero si quería contaros un poco de esta perspectiva, la legal, de la alimentación en el centro, que obliga a tener un cuidado esmerado en todas las fases de recepción, manipulación, conservación y elaboración de alimentos.

   Naturalmente, además, el centro tiene que reunir una serie de requisitos mínimos para su autorización. Hasta aquí los aspectos legales de nuestra comida.

   Otra perspectiva de la alimentación de los alumnos es la elaboración de menús, que en esta edad adquieren especial relevancia por ser la etapa de mayor desarrollo físico y psíquico y cuya evolución marcará necesariamente el futuro de ese individuo.

   Nuestros menús son de la Asociación Mundial de Educadores Infantiles, con algunas modificaciones que se permite la escuela para adaptarlos a las necesidades de nuestros niños, y que todos los meses envíamos a Sanidad para su control. Siempre partimos de la base de que una dieta ha de ser variada y equilibrada para un correcto desarrollo y crecimiento. No se debe abusar de la sal, ni del azúcar, ni de los productos precocinados, ni de la pastelería industrial. Y como dice el libro que nos recomendó Jesús, hay que cuidar también las raciones que tienen que ser ajustadas. Una mala alimentación puede devenir en futuras anemias, sobrepeso, desnutrición, caries, problemas de aprendizaje y conducta.

   Y otra perspectiva, la educativa. Siempre que damos de comer estamos enseñando a comer, bien, mal o regular. El objetivo de la alimentación infantil no puede ser únicamente que crezcan físicamente, debemos trabajar los modos, los hábitos, las actitudes. Los niños deben comer de todo y hacerlo con gusto. Además deben aprender a manejar los cubiertos, a comer sentados durante toda la comida, a respetar unos horarios que permitan al organismo digestiones correctas, a lavarse las manos antes de comer, los dientes después,  a evitar la comida basura…

   Una educación para la salud debe pretender que los niños desarrollen hábitos y costumbres sanas, aspectos básicos de la calidad de vida.

   Y por último, comida y padres. Es otro aspecto que tenemos que tener en cuenta el equipo de la escuela. Porque como en tantos otros aspectos del desarrollo, el aprendizaje de hábitos en alimentación, va a estar en relación directa  a la coordinación que hayamos conseguido, las educadoras y los padres, en los criterios fundamentales con los que lo afrontamos. Por eso estamos especialmente interesadas en que conozcáis nuestra labor, nuestros objetivos, los contenidos que trabajamos, las actitudes que fomentamos. Como siempre, lo prioritario, es acercar nuestro proceder (familia/escuela) en beneficio de los niños.

   ¡Y como otra de mis pasiones es la cocina, estoy humildemente, a vuestra disposición para facilitaros recetas de la escuela! Por supuesto, nos encantarían vuestras sugerencias.

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