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A que lloroPublicado el 19 Octubre, 2010 por jesus martinez

De bebé yo era muy llorón ahora que ya tengo 9 meses creo haber desarrollado un cierto control sobre mis emociones que me permiten haber adquirido un carácter socarrón e irónico y ante todo manipulador. A veces me admiro de lo que consigo, pienso que mis padres son unos pringaos, les presionas un poquito y zas conseguido.

Desde que nací recuerdo haber tenido problemas, pase una racha de hambre que mamá decía que estaba seca, tonterías más guapa ella….. pero no se porque yo tenía hambre a todas horas, luego comía tanto que me dolía la tripa, unos retortijones que casi me muero. A los tres meses se me pasaron los cólicos pero entonces lloraba porque me apetecía, me aburría, tenía calor o frío o por que si, sin más, no me hacían caso pues lloraba un poco y venían como bobos, los dos. Con una carita de lelos, los pobres…, y yo autoritario con mando, como debe ser. Que no quiero dormir, que me pica detrás, lo que fuera ahí los tenía, se les caían los ojos al suelo de no dormir, pobres….

Ahora ya soy consciente, son nueve meses de vida y uno ya no es cualquier cosa, mis papas me respetan y yo les respeto, me piden las cosas por favor y yo accedo. Cuando yo quiero algo pues también lo pido, pero a veces parecen tontos y no se enteran, así que tengo que insistir, cada día se me ocurren nuevas ideas para llamar su atención. Mi último invento es el vómito, se me da de bien, cuando insisten que me coma algo que no me gusta, contengo la respiración meto la tripa hacia adentro, hago un gesto con la lengua hacia atrás y allá va, todos de puré hasta las cejas.

Mi amigo Jesús el médico de mi hij@ les dice a mis padres que no me hagan mucho caso que me tienen muy mimado. No te joroba, porque no se caminar que le iba a dar una patada donde más le duele…….

   Hasta aquí, el artículo de Jesús. Estoy segura de que mientras lo leíais, la expresión de vuestra cara ha reflejado distintos sentimientos. Primero te identificas con la situación, después sonríes nerviosillo recordando. ¡A la vez sientes ternura y enfado! Otros soplan ¡ya pasó!

   ¡Qué poderío tienen mis chiquitines! Es verdad que el llanto es su lenguaje, su modo de comunicación, junto con sonrisas reflejas, balbuceos… forma parte de las conductas cuyo objetivo primordial es dar respuestas a sus papás para fortalecer el vínculo y adquirir seguridad.

   El tema es que en su relación con el adulto, los límites se vuelven imprecisos. No sabemos distinguir entre la atención que permite a nuestro niño crecer sano y seguro y la sobreprotección que sólo genera comportamientos de ansiedad por la separación, inseguridades y atrofiamiento de desarrollo. Queremos hacerlo bien, compensar el tiempo que no pasamos con ellos, que coma todos los días con precisión matemática, que no le falte nada… 

   Las respuestas del adulto van creando escuela. Y al final, no siempre es expresión de una necesidad “tengo hambre, tengo sueño, estoy cansado de esta postura, quiero mimos …” en función de la respuesta que obtiene, lo convierten en instrumento de manipulación de situaciones, de personas… lo hacen más o menos perdurable en el tiempo, llegando a convertirlo, en casos contumaces, en el estado habitual.

   Que mamá es más permisiva, que se monta en casa cuando no como, que se acuesta uno conmigo cuando no quiero ir a dormir, que parece que papá se cela cuando no permito que mamá se siente en el sofá por la noche, que se les pone cara de tragedia si no hago caca, que mamá necesita saber que la quiero más que a nadie y tengo que echarle el llanto en la despedida… Soy el protagonista.

   ¿Y de qué depende? ¿Por qué unos niños lloran hasta desgañitarse y otros no?  De la sensibilidad de los padres en el manejo de las respuestas. Así, sin más. No busquéis causas extrañas. Somos los adultos los que hacemos que el bebé se sienta seguro y contento o inseguro y llorón.  

   Con el nacimiento, se suman dos inseguridades, la del bebé (obvio el por qué) y la de los padres. Los niños deben ser atendidos, con una atención ajustada. Si entramos en la sobreprotección, el bebé entra en la confusión. ¡Todo hay que pedirlo llorando! y si se acostumbran mis papás a mis lloros pues habrá que desarrollar otras estrategias ¿por que no, un vómito? Y nos vamos metiendo en una espiral de la que no nos saca “ni el más pintado” El niño pasa a ocupar nuestro rol, tiene la batuta. Lo negativo es que él no tiene sentido común y lo que obtiene no le beneficia en nada.

    Un niño que ocupa su tiempo en llorar lo pierde para otras cosas más importantes para su desarrollo, para su autonomía, para su seguridad. Su comportamiento está condicionado, necesita buscar continuamente estrategias que le aseguren la atención de los padres, llegando a manifestar síntomas de enfermedad.   

    Los niños tienen la obligación de observar e interpretar nuestros gestos, tono de voz, nuestras respuestas. Y lo hacen muy bien. Bastante mejor que nosotros. Y llegamos a confundirlos a ellos.

   En la escuela,  tenemos oportunidad de vivir a los niños en la relación con sus educadoras y también comprobar la relación con sus papás. Niños obligados por el guión establecido a poner cara de que se están muriendo de la pena, cuando están sus padres y que un minuto después juegan, ríen, disfrutan de sus compañeros… Son sabios, nos conocen y responden según expectativas ¡incluso son distintos los lunes, de los viernes! 

    Descartados motivos físicos que justifiquen el llanto, hay que relajarse, interpretar con sentido común, atender en su justa medida… y no hacer una tragedia.  Resultado, ocupará su tiempo en cosas más interesantes. Os lo garantizo.

   Y además, llevándolo a mi terreno, el del crecimiento, no ponemos fácil el desarrollo de trastornos futuros de sueño, alimentación, comportamiento… lo que de bebés piden llorando ¿cómo lo van a exigir cuando crezcan?   

   Cariño, todo el del mundo… educando.   

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