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   Para atender a los comentarios que mi artículo Madre o vaca ha generado.

   ¡Vale! Como diría Mateo, uno de mis alumnos. Voy a aplicarme los tres ingredientes que siempre invito a los padres a incorporar en toda relación con sus hijos: paciencia, constancia y cariño.

   ¿Por qué? Pues porque lo que empezó como “madre o vaca” no degenere en que todas nos convirtamos en “madres o panteras”.

   ¿Qué buscaba con mi artículo? Una reflexión. No soy partidaria de dogmatismos. Si mal no recuerdo partía de la base de la bondad de la lactancia natural, por otro lado incuestionable. Ya mi abuela y mi madre también lo sabían.

   Entonces ¿qué quería yo? Simple y llanamente, ampliar el enfoque, contemplar otras perspectivas que el mundo de hoy, y de ahora, en España condicionan. Busco la comprensión de otras formas de atender a los chicos, en sus primeros años de vida. Y me posiciono, diciendo que las madres  que no extienden la lactancia natural (no entro en motivos) hasta los dos años, no dejan de obrar bien sino que incluso, en muchas ocasiones, en la comparativa con las que lactan de forma natural, los niños salen beneficiados.

   ¿Por qué? Porque si la lactancia materna no se hace contemplando el desarrollo integral del niño y contemplando los aprendizajes inherentes a cada momento evolutivo, puede no facilitar la vida del “niño social temprano” que el mundo de hoy, la exigencia de hoy les requiere.

   Reformulo mi planteamiento:

   La lactancia materna contribuye directamente a la adaptación inmunológica, a la vida extrauterina y favorece un óptimo ambiente psicosocial, en el que la interacción madre/hijo es de la mayor importancia.

   La lactancia natural es deseada por el 90% de las madres, pero la realidad es que en torno al 18% la llevan a cabo de forma prolongada. Inseguridades, ansiedades, cansancio o mera decisión personal pueden provocar inhibición del reflejo de salida, la prolactina se inhibe y la leche disminuye.

   Estoy de acuerdo en que la reorganización de los servicios de maternidad y una formación adecuada puede modificar cifras.

   Esto no es óbice para que una organización social, en la que el trabajo femenino, se hace imprescindible por decisión personal y, o motivos de producción, no sea un factor muchas veces determinante en las opciones de las madres para amamantar.

   Situados, en este contexto. Yo digo, que la lactancia materna es una opción personal, que debe ser respetada. Que en los primeros meses de vida, debe ser liberal en ofrecer tomas (incluso aumenta la secreción de prolactina y por ende la cantidad de leche) para satisfacer la demanda del niño. En este ajuste al ritmo de cada niño, se debe procurar, en el futuro el orden, que busque el equilibrio entre el libre proceder y los condicionamientos que la vida actual impone. Unas seis tomas al día, que se convertirán en cinco según se va consiguiendo el descanso nocturno.

   Pues bien, tanto la leche materna como las de fórmula adaptada cubren las necesidades nutritivas del niño sano los primeros seis meses. A esa edad, con el mismo empeño, con el mismo ímpetu, con el mismo ardor… que se pone en amamantar, hay que ponerlo en que la alimentación se diversifique, a fin de evitar carencias (cuidado con poner o quitar ni una coma en lo que he dicho)

   El crecimiento entre 1 y 2 años, es el doble de lo que será en años siguientes. Ya tienen que tomar leche, cereales, frutas, verduras, legumbres, carne, pescado, huevo, y además de cierta manera. También con los ingredientes que comentaba al principio, con constancia, con paciencia, con cariño, el niño debe aprender a comer y comer de todo.

   Si vosotras queréis amamantar hasta los dos años y, a la vez, enseñáis y facilitáis, las habilidades y destrezas propias del crecimiento de los doce a los veinticuatro meses ¡CHAPEAU!

   Si la teta se convierte en ¡qué campeona soy! y deja de lado el aprendizaje, a mi modo de ver, imprescindible, de un niño de uno a dos años, en hábitos de sueño, alimentación y autonomía NO, y de nuevo NO.

   La víctima de posicionamientos dogmáticos e inflexibles, no debe ser el niño. Mi única preocupación.

   Nuestra obligación es educar en “competencias”, vaya palabra. Capacitar para responder a demandas complejas. Nuestra labor es percibir y tratar al niño de forma integral, con sus características personales, con sus exigencias y sus propuestas, y dar herramientas a nuestros niños para que sean personas completas, sociales, con habilidades, actitudes, emociones y comportamientos que movilicen su desarrolo y adatación al mundo.

   Permitidme un atrevimiento, Ana y Mamá vaca, sería mejor que vuestros hijos aprendiesen que la defensa de posturas, valores y actitudes (que pueden estar más o menos equivocadas), siempre debe hacerse desde el respeto. La descalificación no suele ser buen argumento.

   ¡POR UNA EDUCACIÓN INTEGRAL! 

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