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      Confieso uno de mis defectos (es una obviedad que tengo muchos), soy fumadora. No soy un buen modelo y de mis malos hábitos espero que nadie extraiga más enseñanza que lo que hago no es lo que se debe hacer. Una vez entonado el “mea culpa” os traslado “pensamientos” que seguramente tampoco estén acordes con las pautas socialmente imperantes. Espero que después de este post mis listas de amistades no se vean disminuidas y me contemplen con indulgencia.

    Y es que con la puesta en vigor de la ley antitabaco, en estos días, se me viene a la cabeza  una reflexión que pudiera tener nexos con este tema. ¿Cómo se logra un comportamiento responsable y autónomo?

    Por supuesto, no cuestiono los aspectos saludables que la aplicación de la misma conlleva. Tampoco es objeto de mi post la polémica de confrontación de derechos entre fumadores y no fumadores, ni si los límites de aplicación son más o menos excesivos. NO, me interesa otro asunto, lo que subyace a este tipo de decretos, prácticas ya más o menos habituales de las políticas del gobierno, que se nos aplican a la ciudadanía. Y quiero establecer un paralelismo con las pautas de actuación de los padres para el desarrollo moral de sus hijos. ¿Cómo se adquiere el comportamiento maduro, solidario, interiorizado y responsable?

    A ver si consigo trasladar mi planteamiento. En el niño, según Piaget y Kohlberg, en los primeros años de la vida (más o menos hasta la adolescencia), y en su proceso de formación del desarrollo moral se pasa de una moralidad “heterónoma”, basada en la obediencia ciega, en la que lo bueno, no lo es por el contenido, sino por la búsqueda de recompensa y miedo al castigo. Es unilateral, hay dificultad para diferenciar entre norma y prescripción. Lo justo está ligado al temor al castigo, o el beneficio de la recompensa.

    De las relaciones sociales basadas en la cooperación, en la autonomía y el respeto mútuo, es decir en condiciones de igualdad, donde el individuo puede reestructurar el mundo, construyendo sus propios valores y principios (que a veces no van a coincidir con las expectativas sociales), se llega a una moral “autónoma”.

    Es decir, el niño, tiene una primera moral infantil fundamentada en aspectos externos a su propia conciencia. Y es la formación, la educación, las relaciones sociales en ámbitos de igualdad, cooperación , respeto y justicia, lo que permite al individuo una interiorización y autoevaluación que impulsa el conocimiento, valoración y capacidad para discernir y cumplir las normas.

    Soy producto de una época, de una forma de ver la vida y de ejercer unos usos y comportamientos. Mi juventud transcurrió en la España de los años 80, recién salidos de la Dictadura y como reacción inmersos en la “contracultura” de “la movida” (Nacha Pop, Los secretos, La unión… ). Mis malos hábitos de hoy, comenzaron como respuesta de una moral “heterónoma”, ¡uf!, esto es, mi comportamiento no era el resultante de una interiorización, no valoraba los pros y contras que me diesen la libertad de una elección responsable hacia mi persona y hacia los demás. NO, el motivo era externo, el refuerzo era el premio social. Porque, entonces, lo bien visto, lo que te hacía sentir más libre, más independiente, más moderna, era fumar.

    Aún, de esa generación, tenemos en el recuerdo personas que fueron más lejos y confundiendo conceptos expusieron sus vidas a los efectos de sustancias mucho más perniciosas. El tabaquismo estaba influido de forma significativa por la interacción social.

    Pero, sigo con el paralelismo con el que comencé, para conseguir un desarrollo moral autónomo, ajeno a presiones externas (de criterios universales más amplios), responsable e independiente es obligada una formación, en la que se superan los conflictos a través de la tolerancia, el diálogo, la alternativa, la coherencia y la firmeza. Lo que un día es malo, no podemos presentarlo al siguiente como bueno. La educación para el desarrollo moral es un proceso duro porque exige un cóctel de herramientas utilizadas con constancia y en la proporción y medida justas. Es un arte de tolerancia/firmeza/congruencia/afecto. Meditar sobre las situaciones, sus inconvenientes, los beneficio, destacar logros, el esfuerzo, aprender de los errores y utilizarlos de forma constructiva, NO UTILIZAR LA CRÍTICA, NI EL DESPRECIO…

    Lo que pretendo con esta elucubración, es mucho: la reflexión. Con esta ley se sigue apostando por lo fácil, la prohibición y el castigo. Con lo que los comportamientos resultantes serán de refuerzo externo, claro está que en esta ocasión , lo que prima es el miedo al castigo, bien de rechazo social, bien de índole delictiva, punible con multas y delaciones.

    Mi apuesta, la de siempre, invertir esfuerzos y medios en educación. NO HAY OTRA FÓRMULA MÁS EFICAZ.

    Es mucho más costosa, más larga, exige más esfuerzo, exige coherencia, todos los referentes sociales, culturales, los publicitarios, otras leyes, deben apostar y afianzar el objetivo. En caso contrario entramos en la incongruencia, la contradicción, y los efectos suelen ser de no interiorización de la norma e incluso de rebeldía.

    Apuesto por métodos como el emprendido por la blogosfera sanitaria:

    La coerción y el castigo deberían ser políticas sociales “in extremis”, porque conllevan una no apreciación de la capacidad de los sujetos y no conducen más que a la no interiorización de las normas.

Mi vida sin ti.

    De todos modos, en este tema, como dice mi suegra “haz lo que yo digo, no lo que yo hago”.

    ¡ Pienso!

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