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     Hoy, en una conversación con Jesús, el médico de nuestr@s niñ@s en la escuela, me comentaba un proyecto que se trae entre manos. Es un proyecto docente, de educación para la salud en las escuelas, a través de la interacción con el equipo docente. El objetivo no es trasladar información sobre las enfermedades. Es más ambicioso, es un intento de aproximación entre profesionales, de situarse cada uno en su terreno teniendo en cuenta al otro, algo así como tener un planteamiento de equipo ante las situaciones de enfermedad y pautas de crecimiento de los chicos. No puedo dar mucha información porque la desconozco. Pero la iniciativa me parece de gran interés.

   No es la primera vez que me expreso sobre la necesidad de buscar esos puntos de encuentro entre los que facilitamos el desarrollo de los niños en los primeros años de vida. Creo en la necesidad de equipos multidisciplinares en las escuelas que permitan ver desde las distintas perspectivas y sumen conocimientos para optimizar el crecimiento. No suele ser así, el niño se encuentra en grupos sociales distintos y no siempre coherentes entre sí. Los problemas de salud tienen respuestas diversas desde la familia, la escuela y  los pediatras.

   La edad de nuestro alumnado con sus escasas defensas frente a la enfermedad nos obliga a tener una percepción mucho más amplia que la educativa, para que las educadoras en su contacto directo con el niño sean agentes de prevención y salud. Cómo es el entorno escolar, condiciones que favorecen el bienestar, la ventilación, la higiene, la temperatura. Qué comportamientos del adulto condicionan la salud de los pequeños, hábitos de higiene, cuidado de la alimentación, del descanso, promoción del ejercicio físico…

   Todos los cursos hay una constante, tenemos que contraargumentar las divergencias en pautas de hábitos y desarrollo con los pediatras. Sitúan a los padres en tesituras incómodas, deben decidir qué es lo mejor y no siempre lo saben.  Y la experiencia me ha demostrado que de psicología infantil y pautas educativas, muchos médicos tampoco. Pero “lo dice el médico”, punto redondo.

   El niño ya no se cría en el hogar, son seres sociales desde edades muy tempranas. Y los tratamientos deben hacerse teniendo presente esa vivencia del niño como individuo inmerso en grupos de iguales (escuela), que hay que intentar el fortalecimiento y evitar los medicamentos que debilitan en el medio y largo plazo. Que las pautas de alimentación y descanso se deben educar desde que son pequeños, no sirve el “que tome leche es lo importante aunque sea en biberón a los tres años”. No se le puede hacer eso al niño, tiene derecho a ser tratado como un ser capaz al que además de manera inminente se le va a exigir que ponga en desarrollo una serie de instrumentos para valerse de forma autónoma cuando ingrese en el colegio.

    Las respuestas que se dan desde los distintos ámbitos profesionales tienen que ser interdependientes (reivindico la existencia de nexos en favor del niño). No podemos trabajar en la escuela para conseguir logros de autonomía, véase desprenderse del chupete, que el pediatra  legalice su uso y que cuando el niño tenga cuatro años se vea en la necesidad de ser tratado por el logopeda. El tema además de por la enfermedad pasa por las cosas que hay que hacer y cómo hay que hacerlas.

   Hay enfrentamiento de funciones, unas veces más manifiesto que otras, se pone en liza el tema autoridad y por ende responsabilidad; hasta dónde llegan y dónde empiezan las competencias de cada uno.

   Cuando el niño se enferma, el médico recomienda el reposo en casa, sin tener en cuenta más factores, se prescriben 10 ó 15 días. Las educadoras exigen ese reposo en el domicilio o no, depende del grado de comprensión de la realidad familiar y de la afectación a los intereses de salud del resto del grupo, en el mejor de los casos. En las escuelas públicas ya ni se lo plantean (no entro en motivos). Y las familias, en el centro del huracán, unas hacen caso omiso del médico, otras disimulan efectos con Apiretal o similares para justificar el transgredir la prescripción, otras tratan con Apiretal asumiendo la enfermedad pero buscando la entente entre proceso vírico/estado anímico del niño/vida laboral… Total, lío. Víctimas, las de siempre, las más débiles.

   Mi postura hace tiempo que quedó trasnochada. No pido informes médicos, me creo, ¿por qué no?, lo que los padres me dicen (no me gusta la mirada inquisitiva que quiere ver en las profundidades del subconsciente) y pienso que son ellos los que habiendo escuchado al médico y a nosotras deben tomar la decisión, la más justa, la más apropiada, para el pequeño y su coyuntura. Alguna vez dudo, en esta sociedad en la que lo que no está escrito no existe, mi postura puede resultar perjudicial o incluso conflictiva.

   Esta opinión no la he formado sola, defiendo la propuesta de encuentro porque lo hemos vivido y conozco sus efectos beneficiosos para todos. Jesús hace esa pediatría social que postulo. Pone sentido común y una mirada amplia sobre los niños y su situación y esto se traslada, se contagia, se aprende…

   La semana pasada, el post autonomía era un deseo. Esta semana  un desafío…

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