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Family, de Denis. Vía La canción de Malapata.

Se lee, se oye que la gente joven de esta generación está afectada por la apatía social. Peyorativamente se dice “ni estudian, ni trabajan”. ¿No saben, no pueden o no quieren? ¿Qué cuota de responsabilidad tenemos los adultos educadores en esa ausencia de motivación?

Mi respuesta es, toda. Y para buscar las causas pienso que hay que empezar por el principio. Los bebés nacen totalmente dependientes de su entorno. Y es nuestra obligación ayudarles a adquirir los instrumentos que les doten de autonomía, hacer posible su desarrollo despertando sus inteligencias.

¡Ah, qué bien suena esto! Y ¿cómo se hace? Y ¿cuándo se empieza?

Echando la vista un poco atrás es fácil observar el fuerte cambio social y su impacto en la vida familiar. La incorporación de la mujer al mundo laboral, núcleos familiares mucho más pequeños (ya no se vive con los abuelos), responsabilidades hogareñas compartidas por la pareja, dificultades en la conciliación profesional/familiar…

Hace 20 años, los padres trabajaban los hábitos de sus chicos. A comer, a dormir, a relacionarse, se enseñaba en casa. Posiblemente, se hacía por la información que trasladaban las abuelas a sus hijas y por la presión social, “lo bien visto” (cocinar para los hijos, poner en el orinal a determinada edad…) era el modus operandi. Hoy, se vive más libres de esos factores externos. La interiorización  de responsabilidad por el conocimiento y la información de qué es lo imprescindible en nuestra actuación para asegurar una buena crianza y un futuro autónomo a los chicos, parece que es el motor de nuestro “hacer educativo”.

Más de uno diréis ¡qué obviedad! Yo pienso ¡ojalá lo fuera! la imagen de los padres de hoy es de personas formadas e informadas pero la realidad de los niños no lo refleja.

Los niños requieren, en los primeros años de la vida, una atención muy especial, una atención de RESPETO. Precisan de nosotros oportunidades de aprendizaje que les hagan más independientes del adulto. Precisan respeto a “sus capacidades para saber hacer”.

¿Y eso cómo se hace? Dando la oportunidad de que el niño se conozca (capacidades, características, limitaciones) a través del ejercicio de las actividades de su vida cotidiana. Es así como forman la imagen de sí mismos, es así como consiguen la autoconfianza y la iniciativa para actuar, lo que en el futuro les capacita para elegir, pensar, crecer, querer…

   Sugerencias:

    Hay que encontrar la hora de…

Ayudarles a aprender a dormir sin rechazo con rutinas relajantes que preserven la autonomía y consideren el derecho del niño a dormir solo.

Ayudarles a aprender a comer con placer, observando modos y hábitos saludables, con comidas ajustadas a su edad y sus necesidades.

Ayudarles a aprender a lavarse, bañarse, vestirse… con rutinas previas que involucren y motiven.

Ayudarles a aprender a saludar y despedirse, sin engaños el niño adquiere seguridad, con besos, abrazos, palabras y gestos. No con dramas.

Ayudarle a aprender a jugar, a recoger, adquiriendo respeto por sus cosas y las de los demás, proporcionando los sitios accesibles y adecuados. Acompañando en el juego, pero brindando oportunidades de juego individual.

Ayudarle a aprender a hablar en vez de gritar, a respetar.

Ayudarle a aprender admitir el error y pedir perdón.

 Ayudarle a aprender a conocer sus sentimientos y los de los demás, con comunicación, mirando y escuchando al niño, mostrando aprobación o desaprobación, orientando con firmeza pero con la elasticidad que da el afecto.


    ¿Cuándo? Siempre, YA. Todos los momentos del día enseñan.

Nuestra actuación no se puede convertir en un invadir el terreno del niño, no podemos disfrazar nuestras motivaciones personales en injerencias para anular sus posibilidades de exploración, de conocer y descubrir sus capacidades.

Porque el trabajo en conseguir hábitos positivos para el desarrollo (mediante rutinas motivadoras y afectuosas) es el secreto de niños tranquilos y felices.

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