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    Este post es meloso, nada conceptual, todo emocional. ¡Es un día especial!

    Lo reconozco, así, en abierto, en público. La emotividad representa una porción grande de mi persona. La frialdad y la mesura no son mis señas de identidad.

    Quizá nací así, me educaron así o me he querido así. Puede que esa imperiosa necesidad de mi profesión, de tener siempre el corazón lleno, haya tenido algo que ver.

    ¿Y por qué os cuento esto? Hoy, este blog cumple un año y si yo fuese de otra manera tendría que escribir sobre sus características, cualidades, beneficios… cada uno, cada lector, encontrará unas u otras o quizá ninguna.

    Tendría que echar la vista atrás y explicar que todo surgió sin pensar, sin buscarlo, de un modo, al menos, no original. Nada menos que a resultas de unas prácticas de un curso online que exigían el nacimiento de la bitácora. ¿Habrá cosa más prosaica?

    Tendría que deciros que el proceso de su crecimiento ha sido zigzagueante, que ha sufrido altibajos…

    ¡Tendría que explicaros tantas cosas!  Que a través de él mis ojos se abrieron, y mis sentidos se aunaron para pensar, para comunicar, para conectar, para expresar.

    Tendría que narrar cómo he conocido  y cuánto he aprendido de muchas personas que todos los días alimentan la llama del intercambio de ideas, esperanzas, sinsabores, resultados, inquietudes para la mejora de la enseñanza. A todos ¡cuánto os debo!

    Tendría que expresaros mi enorme gratitud por vuestras aportaciones y colaboración.

    Pero, hoy, lo que realmente me pide el cuerpo, lo que sí quiero decir, es que me ilusiona, me cansa, me hace soñar, me enferma, me apasiona, me aburre, me hace sentir. Corre ya por mis venas… ¡y es que le quiero!

    ¿Que quién cumple el año, el blog o yo? Los dos.

    A todos, en este día, gracias por estar ahí, por compartir, por permitirme sacar fuera las miserias y grandezas de lo que me llena pensamiento y alma, lo que me apasiona, LA EDUCACIÓN.

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