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  Ayer debía haber escrito un artículo sobre lo que hoy se celebra, el Día escolar de la PAZ y la no violencia. No lo hice.

  Y hoy, andaba desasosegada, parece obligado escribir cuatro letras. Pero tengo que confesar que a veces rehuyo de estas fechas que nos imponen parecer lo que no somos o sentir lo que es evidente que no sentimos. Incluso si lo medito detenidamente, hasta me parecen una hipocresía.

  Porque hay que ver cuán hondo es el significado de PAZ y qué lectura pobre hacemos de esas tres letras.

  No es la primera vez que digo que los educadores desempeñamos la tarea más maravillosa del mundo y tampoco es la primera que reniego de lo mal que lo hacemos. Una profesión con una proyección tan larga en las vidas de los que se incorporan al equipo mundo, una profesión que pudiera tener tanto poder para cambiar el mundo... una profesión que si cuenta con ilusión y esfuerzo, PUEDE HACERLO.

  ¿Cuántos niños han vivido nuestro modo de hacer? ¿Cuántas familias han percibido que sentíamos a su hijo como único y así lo hemos considerado, con todo el derecho a ser, a ser capaz, libre y creativo? ¿En cuántos chicos hemos dejado huella de autenticidad? ¿Cuántos alumnos nos han sentido agentes involucrados en un cambio social que respete y aliente la construcción personal de seres solidarios?

  En la escuela, cada día, se dan mil y un pequeños conflictos. Nuestra PAZ, está en pañales y no es fácil que crezca si no somos capaces de transmitir que no se solventan amparándose en otros, que cada uno puede y debe conocer las soluciones, que el respeto a los otros es indispensable, que con afecto todo funciona mejor…

  Así es que este post no celebra nada. Hoy me exijo lo de todos los días, respetarme a mi misma. Hoy ansío que os sintáis fuertes y capaces en vuestras parcelas de vida. Hoy anhelo que el mundo gire de otra manera.

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